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Día de quincena.

María no estaba segura de empezar hoy. Verse en el espejo tampoco la convenció.

El mundo la esperaba otra vez. La esperaban las mismas calles, el mismo cielo nublado, los mismo ruidos.

Se subió al primer vagón del metro, como todos los días. Casi el mismo asiento. Las personas que estaban frente a ella veían fijamente el piso. Otros cerraban los ojos escapando a la realidad que compartían con ella. Se volvió sorda y pocos minutos después, ciega. Todos los pensamientos de las personas en el vagón comenzaron a salir por los oídos de cada uno. Eran manchas negras que no hacían ningún intento por subir; caían lento, casi como petróleo y se mezclaban. De algunas manchas se escuchaban llantos y de otras gritos de desesperanza. El vagón estaba cubierto de ellas y cada vez eran más, y cubrían las paredes.

María abrió los ojos y todo desapareció. Se bajó.

El consultorio dental donde trabaja, la observaba de frente; sin perderle de vista, con una felicidad falsa de saber que ella no quería entrar y tendría que hacerlo. Sólo le faltaba cruzar una calle para entrar.

Nunca notó lo nublado que estaba el día. Seguía sorda; sin sonrisa. Metió la llave y cruzó la puerta. El adormilado velador la saludó. “¡Buenos días, señorita cómo está? “ y ella con una sonrisa enorme contestó “bien Román, muy bien… ¿cómo está usted?”

1 Puntos de vista:

Unknown dijo...

Eres bien raro,yo tambien tengo blog, pero tu escribes puras cosas cagadas jaja de este podrias hacer un muy buen corto

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